jueves, 19 de junio de 2014

Para poner en funcionamiento el exoesqueleto, se ayuda a la persona a introducirse en el traje y se le pone una gorra equipada con electrodos que recoge sus ondas cerebrales. Estas señales se transmiten a un ordenador que va en una mochila, donde se descodifican y se utilizan para mover los transmisores hidráulicos del traje.

El exoesqueleto está alimentado por una batería que también se lleva en la mochila y permite un uso continuado de dos horas.

Nicodelis asegura que los movimientos son muy suaves y que parecen más de humanos que de robots. Los pies van apoyados sobre unas placas dotadas de sensores que detectan cuando se hace contacto con el suelo. Con cada paso, la señal se dispara a un dispositivo de vibración cosido en el antebrazo de la camisa de usuario. El dispositivo ‘engaña’ al cerebro para que piense que la sensación proviene de su pie.

En las simulaciones de realidad virtual, los pacientes sentían que sus piernas se movían y tocaban algo, según el neuroingeniero.

Aún no se sabe hasta qué punto la persona que lleve el traje robótico va a poder caminar y patear el balón. El proyecto ha sido criticado por otros neurocientíficos, que ven en esta puesta en escena un acto de explotación de personas con discapacidad para promover una investigación aún de difícil aplicación. (Fuente: SINC)

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